jueves, 18 de enero de 2018

Desde los gestos de la tarde




Desde los gestos de la tarde
se elevan los areópagos del alma
dispuestos a transportar la brisa
en sus amalgamas de acero
y de carne de pájaro.

Prendidos a tu carne,
a tus manos,
a tus pies,
se abren los gestos de la noche.

Te precipitan
a lo profundo de tu tarde: esa línea morada
que te atraviesa el pubis
y llega al sol.

GOCHO VERSOLARI

sábado, 13 de enero de 2018

Variaciones sobre el Exilio.

Aspiro profundo,
huele a césped cortado.
aún son tallos verdes
mis largos dedos.
Aún son pétalos delicados
mis hambrientos labios.

Charo Bernal Celestino
EXILIO


Chomolungma_by_ChrissieCool


El exilio sobreviene en la respiración
cuando en la tarde de verano
flota el polen y el diente de león
pinta el aire de blanco. El exilio 
se encuentra en ese punto,
en ese instante de la aspiración profunda
en que no hay muerte 
ni hay  vida, y los dedos
de manos y pies
se alargan buscando el verde
del parque que se extiende más allá. El exilio
se produce sin salir de la ciudad
en la que vivimos más de cincuenta años,
y aún cuando saludemos a nuestros amigos
y nuestros hijos nos cuenten sus hazañas
y nuestras esposas anteriores nos reclamen
los ratones del sótano,
seguiremos  ausentes,
encerrados en nuestras sonrisas.
Perímetros vacíos
con nuestras formas
recorrerán  las calles cotidianas
mientras  nos alejamos al exilio
por las sendas del aire;
y llegamos a países 
de abejas y aguacates
donde los cielos verdes entran por los ombligos
y las tardes se beben 
para seguir viviendo.

En la mañana  de verano alguien corta la grama.
Le pido que salude 
 a mi fantasma.

GOCHO VERSOLARI

miércoles, 10 de enero de 2018

Crecerá un arbusto con tu cuerpo y tu sonrisa



Duong Quoc Dinh .  Artista coreano.



El invierno se mece y gotea
pequeños pájaros con tu rostro.
Sé que debo sembrarlos en la tierra yerta
para que crezcas como un retoño:
en los finales de la primavera
se levantará  un arbusto
 con tu cuerpo
 y tu mirada

Con mucho cuidado tomaré sus raíces
y modelaré tus pies:
pequeños,
blancos
tal como fueran en el tiempo
en que conejos de luz se hamacaban con el día
y bajaban por tus senos
a encontrar panes y almohadas
en los que pudiéramos hacer el amor
y luego dormirnos
jadeantes,
protegidos
por  el capullo de seda de las noches.

Cuando florezcas en la primavera
comprobaré que tu sonrisa
sea la misma: 
 amanecida,
cargada de diamantes y  niños diminutos.
Tus cabellos
llenos de bestias suaves
cabalgarán tu espalda; tu desnudez
despertará las pequeñas doncellas de los vientos.

Si logro modelar tus pies, 
podremos correr tomados de las manos
hasta el arroyo 
donde un cormorán llenará de peces luminosos
la tarde, 

 la muerte


y tu silencio.


GOCHO VERSOLARI

martes, 9 de enero de 2018

Sesgo azul




Cuando  el día torsiona tu mechón
la realidad toma  un sesgo azul
que guarda ese  instante diminuto,
tan minúsculo,
capaz de  contener
 a todo el tiempo.

GOCHO VERSOLARI

Puertas capitulares.




Uno de mis  antepasados
era diseñador de  letras capitales.. 
Cuidadosas filigranas,
 al principio con oro y  polvo de diamantes;
en algún momento de su vida,
logró trepar al cielo
y usó corales de la luna
y chispas diminutas del sol.

Todos admiraban la belleza 
de las capitales historiadas;
para mi antepasado eran puertas
de las que conocía las arcanas claves 

En plena madrugada
cuando las estrellas diseñaban monstruos,  
atravesaba el pergamino tibio
y llegaba a ese mundo
donde podía convertirse en lobo
 exhalar  luces por las fauces. 
y convertir la tierra en una amante.


Otras veces
se transformaba en un andrógino brillante
que ayudaba a levantar la aurora 

Otras veces
se convertía en mujer y copulaba con el cenit
que llegaba en forma de mancebo rubio
y  soltaba palomas de fuego y resolana
en cada orgasmo. 

Cuando mi antepasado se marchó a buscarme,
se cerraron las puertas capitales
y se perdió la clave
para atravesar los preciosos initialis
y recorrer las altas vidas
de garzas, 
de monstruos 
de  doncellas. 

Las capitulares de mi antepasado
sólo conservan la belleza; 
somos pocos los que conocemos
su carácter de puerta; somos pocos
los que soñamos con derramar la piel y el alma
entre soles bestiales; somos pocos
los que aspiramos a morir
bajo azules estrellas 
acabadas de amasar
por los cerriles gigantes
de los cielos;
por las mujeres
sin nombre
de la tierra.

GOCHO VERSOLARI

lunes, 8 de enero de 2018

Variación sobre un mundo de máscaras.






Cerca del crepúsculo
el aire se llenó de máscaras.

Cuando bajaste descalza la colina,
atravesaste los rostros sin miradas. El sol
era un becerro herido
que agonizaba entre tus muslos. 

Abrazados en la galería,
observamos las máscaras: 
flotaban en el valle.
Algunas
abrían y cerraban sus bocas de amaranto
para pronunciar muertes o vidas
y dejarlas pendiendo 
de la luz declinante.

Serviste una bebida
hecha con néctar de gladiolos
y en pleno atardecer
seguimos observando los inertes rostros;
a eso de las tres
ensayaron una melopea:
primero berrearon, rebuznaron y afinaron sus voces
al derivar la noche algunos ciclos,
cantaron en un lenguaje extraño
mientras sonaba la vieja música de las esferas;

y modularon peces

y panes

y arreboles oscuros

y niños que murieron
y niños que nacieron

y vientres abiertos en canal 

que se cerraron jubilosos.

Por un momento,
las máscaras trajeron los antiguos muertos 
desde una fronda hecha de eones
 y de diálogos verdes que se pronunciaban
entre existencia y existencia. 

Unos segundos antes de la aurora
las máscaras callaron y desaparecieron
dejando en la epidermis del valle
una tenue bruma que se prendió a las rocas.


Un calor húmedo cargado de perfume
rompió los acordeones de la noche.
Te desnudaste;
nos amamos
sobre el entarimado tibio de la galería
y en el momento del orgasmo
atravesamos soles y corderos
hasta un cielo construido de reptiles, 
de remotos cadáveres,
de máscaras
y de silencios. 

GOCHO VERSOLARI

Variación sobre inmovilidades y silencios

Cuesta respirar.

...Las fosas nasales

apenas dos puntos.

Las orejas cortadas

el oído

muerto.

El cerebro en off...

"A Trozos..." 
Marina López Fernández





Desde tu inmovilidad,
desde la mia,
engendramos un silencio largo,
amplio
que en las tardes se extiende sobre el río
y aquellos que aún pueden pasear por la ribera
lo confunden con  bruma.

Desde tu inmovilidad,
desde la mía,
hace ya tiempo que perdimos las orejas
a pesar que  nuestros cuerpos incorruptos
las  abran a modo de pantallas 
para espantar los ángeles
que revolotean molestos en la aurora.

El silencio...
...amada, el silencio,
tan antiguo,
 tan  lleno de preñeces; 
el silencio extendido
que hace gritar al corazón inmóvil
  el que enciende miradas,
pétalos,
pulmones; 
el que espasma el estómago y los pies
y los proyecta a una tarde pajarina
donde el tiempo es un vaivén azul,
una promesa.

Desde tu inmovilidad,
desde la mía,
 encendemos el cielo

y lo llenamos de guirnaldas,

de fiestas 

y quebrantos.

GOCHO VERSOLARI

domingo, 7 de enero de 2018

Amasamos el Sol





Luego de mirarte a los ojos,
el monstruo  te devoró con lentitud

Atardecía 
y en pleno sueño de la bestia,
emergiste de su ombligo:
bella,
              desnuda, 
                               luminosa.

Entonces llegaste hasta mi cama
y amasamos el sol.


GOCHO VERSOLARI

Tu sexo, satisfecho y laxo como un ave dormida.




Deja que el silencio cubra  los cuencos;
¿Recuerdas?
 Anoche los llenamos con néctar
para que los espíritus beban y se harten.

En la madrugada
los fantasmas vaciaron las marmitas;
ahora,
un poco antes de la luz,
flota el silencio sobre ellos, 
como   bruma celeste:

lenta,

demorada.


Siento tu cuerpo creciendo en mi costilla,
pero tus huellas desnudas 
se trazan  más allá:
en  la humedad del piso de la sala.

Desde  tu sexo,
satisfecho y laxo
como un ave dormida,
gotean los espíritus.

Espectros de ti misma
se desgajan despacio de tu pecho
y caminan descalzos la azotea: 
siluetas tuyas, 
con una desnudez lustral; 
se unen al silencio azul
que en un instante colmará las escudillas.

En la aurora,
cuando el sol se estrangule a sí mismo,
 sellaremos los cuencos  con sebo y con acanto
para amarnos furiosos 
en el gran mediodía.
y cada golpe,
  cada gemido,
hará que nuestros dobles  
embatan y destrocen 
las blancas paredes del santuario.

Amor furioso,
conjurador de caos. 
Al terminar jadeando 
puedo ver los pedazos de los cuencos
tendidos en la tarde,
regando nuestras vidas. 

Tus espíritus se unirán al silencio
en una masa espesa, 
azul,
bombácea;
cargada de amarantos.

Luego de emborracharse  de crepúsculos
marcharán hacia el sol. 

GOCHO VERSOLARI

sábado, 6 de enero de 2018

Pequeñas muertes explotan en la taza de la tarde.



Una ventana transparente y tenue
deja entrar las luciérnagas
que construiste con una de tus lágrimas:
la diminuta,
la imperceptible;
tan pequeña
que caben en ella los océanos.

Una ventana trasparente y tenue
deja entrar a los insectos de la noche. 
los que buscan  sueños, 
  catedrales,
para grabar estas antiguas  existencias
en túmulos arcaicos
a los que luego engarzaremos
en cinturas,
esternones y miradas.

Escribirás en ellos con las huellas de tus pies
en un lenguaje tan remoto
que el propio tiempo habrá olvidado su tañir.

No dejes de llover, 
de licuarte en mi sexo,
de  derramarte en los seres que me habitan,
glosólalos al recibirte 
en esta etérea fronda de fluidos
que caen desde el azur.

Una ventana trasparente y tenue
deja pasar pequeñas muertes
que explotan en la taza de la tarde,
la que nos sirve  el cielo 

en la glorieta

 de las tres. 

GOCHO VERSOLARI

viernes, 5 de enero de 2018

LA EUCARISTÍA - Karlheinz Deschner




La eucaristía

por Karlheinz Deschner

de "El Credo Falsificado"

No hay un dogma que exija tanto al pensamiento del cristiano católico, sencillamente que deje de pensar.

El teólogo Klaus Ahlheim



* Las comidas sacramentales se retrotraen hasta la época del canibalismo
La cena cristiana es un ejemplo muy claro de la relación y conexión del cristianismo con la historia de la religión, sobre todo con la mezcolanza religiosa antigua

El teólogo Friedrich Heiler


Era una cosa más de entre los muchos misterios

El teólogo Adolf von Harnack

... tan sólo el eco de una comida mucho más realista y canibalista

Gustav Wyneken


El ritual de comerse a un dios es muy antiguo, y la creencia en la unión con él mediante su comida y bebida algo muy conocido en la historia de la religión. A ojos vista, va –en sus distintas formas litúrgicas y en una línea continua- desde la antropofagia, extendida por el mundo entero, pasando por las jamadas totémicas de los australianos, el disfrute de la carne cruda en el culto a Dioniso, las comidas sagradas de las religiones helénicas de misterios hasta la eucaristía.

Ya los caníbales, que claro está no aparecieron en el origen de la humanidad sino en una fase posterior de su desarrollo religioso, no devoraban a sus víctimas por venganza o por instinto de animal carnicero. Trataban sobre todo de apoderarse así de sus privilegios corporales y espirituales, como determinados incultos tratan de apoderarse de la fuerza de un oso cuando lo comen, o ciertos cristianos de las fuerzas sobrenaturales de san Sebastián, de san Erhart de Regensburgo, de san Teodolfo de Trieste... al beber en sus cráneos; una costumbre católica muy frecuente en tiempos, en la que la investigación teológica ve un eco o huella del canibalismo cultual, como por ejemplo de la cacería de cabezas en Indonesia.

De la manducación cultual del hombre se pasó a la manducación cultual de dios, mediante la que se creía apoderarse de la fuerza y vida divina. De manera drástica indica y muestra esto una de las inscripciones más famosas de las pirámides de Egipto, el denominado  himno de los caníbales, que describe la entrada del rey fallecido Una en el reino celestial: “Sus servidores atraparon a los dioses con cuerdas de lanzadera, y una vez asidos los acercaron arrastrando, los sujetaron, les cortaron las gargantas y los destriparon, les partieron en trozos y los cocieron en calderas de agua caliente. Y el rey devoró su fuerza y

comió sus almas. Se desayunaba con los dioses importantes, los medianos eran su comida y los menores constituían su cena. El rey devoraba todo lo que se le ponía delante. Tragaba con ganas, y su poder mágico llegará a ser superior a todo poder mágico. Heredará más potencia que nadie, será el rey del universo; se apoderó de todas las coronas y brazaletes, se hizo con la sabiduría de todos los dioses.”

Para potenciar el poder mágico se saboreaba en el culto mejicano al Sol también la “sopa de maíz con carne de hombres”: la carne de los presos, sacrificados por un sacerdote, era cocida en una salsa de granos de maíz y comida por el rey y su clan, mientras que el corazón con toda la sangre de las víctimas se reservaba para el dios Sol. En este contexto hay que situar también la teoquale mejicana, la comida divina; el rey, los sacerdotes y los demás “creyentes” comían la imagen del dios Uitzilopochtli, hijo de una doncella, confeccionada con harina, miel y sangre de niño, para así apoderarse de su fuerza.

Ritos un poco más civilizados caracterizan los ágapes y bebidas de las religiones mistéricas.




La comida sacramental en los cultos mistéricos romano-helénicos


Llevo una vida pura desde que yo, como pastor y Zagreus que ha pasado la noche de juerga, he almorzado carne cruda.

Confesión del místico de Dioniso

He comido del tambor y he bebido del atabal; me he vuelto un místico de Atis...

Confesión del místico de Atis


Ya en los misterios totémicos se da, aunque en forma primitiva, una comida de sacrificio, que es comunión con la divinidad: se devora el animal totémico en comida sacramental, para ser uno con el ser divino. Una víctima en los griegos, cuya idea de que la comida celestial concede la inmortalidad nos retrotrae hasta Homero, en el culto a Dioniso fue el macho cabrío.

Dioniso, un dios que padeció, murió y resucitó de nuevo, hijo de Zeus y de una mujer mortal, adquirió importancia en Grecia ya en el siglo VIII antes de Cristo, y  se convirtió en el dios favorito del mundo antiguo. Él era médico, hijo de dios con aspecto de hombre, dios del “espíritu” y de la profecía, en estrecha relación con el vino –a Jesús se le aplica en el Evangelio de Juan uno de los títulos más conocidos de Dioniso, el de “vid”. Jesús es “la vid verdadera.” También el milagro de la bodas de Caná, la transformación del agua en vino, lo realizó ya Dioniso. Y, finalmente, el Evangelio de Juan aplica a la cena del Señor la fórmula de “quien no mastica mi carne y bebe mi sangre”, utilizada ya en la religión de Dioniso. Fórmula que no se halla ni en Pablo, ni en Jesús. En la religión de Dioniso Dios se introduce e incorpora en el cuerpo de sus partidarios: En el mito de Dioniso los titanes devoran al divino hijo; comen sus

miembros, y en el éxtasis del culto dionisiaco las bacantes despedazan y devoran carne cruda (omofagia) para alcanzar la inmortalidad en la fusión sacramental con dios. Como consta, las comunidades dionisiacas veneraban, ya en tiempos precristianos, a su dios sobre una mesa-altar con vasos de vino con una señal de cruz. Estos parangones resultan desenmascarantes. También se daban en otros cultos comidas sagradas.

La comida sagrada de Atis probablemente se componía de pan y vino. Tras ayunos se comía servida en instrumentos de música, y expresaba tanto la unión entre los místicos como su relación con dios.

En los misterios de Atargaris los sacerdotes sirios devoraban a la diosa al comer pescado. Estos eran para ella sagrados, se los mantenía en los lagos cerca del templo y se los devoraba en una comida sacramental como carne de la diosa. Uno de sus templos, citado varias veces en el Antiguo Testamento, estaba en Carnión, al oeste del lago Genesaret. Más tarde el pez se convirtió en símbolo de los misterios paganos muy extendidos, en el símbolo de la eucaristía cristiana, que en adelante será “el verdadero pez mistérico”, “el único pez verdadero.”

Curiosamente la aceptación del pez, como símbolo cultual, donde primero se dio fue entre los cristianos de Siria, que era el lugar donde la veneración del pez era más conocida. Luego la palabra griega para designar pez “ichthys”20 (pez) se convirtió en el anagrama del nombre griego “Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador.”

También el culto a Mitra –cuyo sacerdote era denominado a menudo “padre” y sus creyentes “hermanos”, y que conocía, como luego la Iglesia católica, siete sacramentos- poseía además del bautismo y la confirmación una comunión. Se componía de pan y agua o una composición de agua y vino y, como en el cristianismo, se realizaba en recuerdo de la última comida del maestro con los suyos. Las hostias portaban una señal de cruz, la misa se celebraba a diario, pero la más importante era la del domingo, en donde el celebrante pronunciaba las fórmulas sagradas sobre el pan y el agua.

También eran frecuentes en las religiones antiguas las “bebidas sagradas.”

El haoma persa y su equivalente hindú eran un brebaje embriagador, que se creía expulsaba a la muerte. En la religión védica el soma era considerado como bebida de dioses y también como bebida que proporcionaba la inmortalidad a los hombres. “Hemos bebido el soma y somos inmortales, hemos amanecido a la luz, hemos alcanzado a los dioses. ¿Qué nos puede hacer ya el mal, cómo nos va a preocupar la enemistad de un mortal si somos inmortales?

En el servicio divino del culto a Mitra se utilizaban los mismos útiles que en la eucaristía cristiana, cáliz y patena. También en el culto a Mitra se mezclaba, como en la


20 Los sacerdotes sirios gozaban de la divinidad sobre todo comiendo pescado, pues era sagrado para la diosa- pez Atargatis... La palabra griega “ichthys” forma un anagrama del nombre “Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador” [Jesús Cristos Theou Hyos Soter], Deschner, vol. IV de obra citada, pág 231

mayoría de misas, el vino con agua y uno se inclinaba ante el cáliz santo. También había bebidas sagradas en los misterios dionisiacos y eleusiacos.

Resultan evidentes las comparaciones con la cena cristiana. Pero antes de ir desgranando más concordancias debemos recalcar que:



Ni Jesús ni los primeros apóstoles celebraron una comida sacramental


La institución sinóptica de la comida del Señor se conoce desde  W. Heitmüller  como  leyenda cúltica y... es mejor prescindir de ella en testimonios sobre el Jesús histórico.

El teólogo Herbert Braun


La Iglesia sostiene la institución de la cena por Jesús. Y como prueba presenta sus supuestas palabras de la última cena con sus discípulos: “Éste es mi cuerpo, que se parte por vosotros; ¡hacedlo en mi recuerdo!” “Este vaso es la nueva alianza en mi sangre,
¡hacedlo cuantas veces bebáis en mi memoria!”

Pero en contra de la institución de una comida sacramental por Jesús se alzan numerosas reservas.

Por una parte, su postura anticultual la excluye ya, su poca valoración de ceremonias externas, su lucha pasional contra todo formalismo y menudencias legales..., algo que nosotros ya tratamos un tanto someramente al comenzar a hablar del  bautismo. También habla en contra de esta institución la esperanza de Jesús en la cercanía del fin del mundo; claro está, una auténtica equivocación. Y él evitó también toda predicción exacta, puesto que estaba convencido de que algunos de sus discípulos “ no saborearían la muerte antes de ver llegar el reino de Dios con poder.” Que no terminaría la misión en Israel “para cuando el Hijo del hombre llegase.” De que el juicio del castigo divino se iba a llevar a cabo “en esta generación.” “En verdad os digo”, profetiza, “no pasará esta generación sin que suceda todo esto.”

Al igual que los profetas, que los esenios, que los Apocalipsis judíos y Juan el Bautista, también Jesús contempla su generación como la última, profetiza con énfasis la cercanía del fin –y se equivoca: un conocimiento que entretanto, defienden en general casi todos los representantes no atados por el dogma, como el hecho copernicano de la teología moderna. Quien espera el fin del mundo, no instituye ni Iglesia ni sacramentos, ni bautismo ni cena-.

Se hace improbable su institución por Jesús en virtud de las narraciones de la última cena misma: posiblemente una sencilla comida de despedida, en la que él, en el presentimiento de su muerte, comparó su cuerpo con el pan despezado, su sangre con el vino en el vaso.

La supuesta orden de: “Haced esto en mi recuerdo” tiene suma importancia. Sin ésta no hay institución de la cena; es quien confiere a esta comida el carácter  de  repetitibilidad, de sacramento renovable. Pero precisamente esta orden institucional no se encuentra en tres de los cuatro Evangelios (lo mismo ocurre con las supuestas palabras de la institución de la Iglesia). La denominada orden institucional sólo aparece en Lucas, y sólo en el rito de la partición del pan. E incluso no se encuentra en muchos de los manuscritos antiguos de Lucas.

Todavía dificulta todo esto aún más el que los primeros apóstoles no practicaran comida sacramental alguna sino sólo la comida en común, como en tiempos de Jesús. Y en vista del pronto regreso de Jesús partían el pan con “regocijo”, sin sacerdote ni culto.

Con Pablo comienza algo decisivamente nuevo, él es el auténtico fundador del cristianismo. Ignorando absolutamente a Jesús y su enseñanza, introdujo claramente nuevos dogmas: la doctrina de la salvación, la doctrina del pecado original, la de la predestinación. Con Pablo comienza también la irrupción de la ascética, el desprecio a la mujer y la difamación del matrimonio.




Pablo fue el fundador de la cena cristiana


Sólo en Pablo se encuentra el denominado mandato institucional de la cena del Señor para pan y  vino. Y por Pablo entra la orden de repetición en el Evangelio de Lucas;  ella en cambio no se nos transmite ni por Marcos ni por Mateo ni, tampoco, a través del Evangelio de Juan que, en opinión de teólogos eminentes, rechazaban la cena o la tenían por superflua.

Pero Pablo, en cuya comunidad de Corinto era al principio la cena una comida normal para pobres como en la primigenia comunidad de Jerusalén, hizo de una comida de amor una comida de culto, una comida simulada, un rito sobrenatural de salvación. A este cambio fundamental le motivaron las diferencias de clases sociales en Corinto, una situación en la que uno “pasa hambre y el otro se emborracha.” Por razón de estos inconvenientes ya en los inicios del cristianismo, en el año 56, sugiere el apóstol que, en adelante, coman en casa y que el encuentro se reduzca a una celebración corta, a una mera comida simbólica.

Curiosamente, Pablo no se apoya en la primigenia comunidad para la propagación del nuevo tipo de comida, sino en una revelación celestial. Buscó también un apoyo en el Antiguo Testamento y enseñó que así cómo en tiempos todos los padres judíos fueron “bautizados” en la nube y en el mar, del mismo modo todos han comido la misma comida y han bebido la misma bebida espiritual; ellos bebieron de una roca animada, que les acompañaba, y esa roca era Cristo.

Una alegoría increíble y que tanto abundaban por entonces (y no sólo entonces). Realmente no hay duda de que:

La cena cristiana surgió a imitación de las costumbres paganas

Quienes mejor conocieron la relación de la cena del Señor con los cultos antiguos de misterios fueron los padres de la Iglesia.

El teólogo Friedrich Heiler


Pablo había crecido rodeado de cultos mistéricos. Estos cultos conocían también, además de las doctrinas y ritos que Pablo trasladó al cristianismo, una comunión sagrada. Así escribe el teólogo Carl Schneider, cuya gran Historia del pensamiento del cristianismo antiguo no me cansaré de recomendar: “Pablo y sus comunidades cristianas vivieron lo mismo que vivieron los místicos de Eleusis con el kikeon sagrado, los de Dioniso con el vaso de vino de mano en mano, los de Kybele con la comida y bebida del kymbalon y del tympanon sagrados y los de Mitra con el pan y el vino. Las palabras institucionales en Pablo son parecidas a las utilizadas en Eleusis.

Porque aquí en modo alguno se trata, como da a entender la Iglesia, de parecidos meramente externos. Las concordancias internas son también evidentes. No hay una idea que no se hubiera dado ya en las religiones de misterios, de las que proceden los dos actos cultuales cristianos más antiguos, el bautismo y la comunión. En la comida sacramental se fusionaba el místico con el dios muerto y resucitado, renaciendo de nuevo y obteniendo el aval de la salvación eterna.

La misma concepción sacramental se da en la cena paulina. De igual modo que, según la doctrina de la Iglesia, los discípulos bebieron del cáliz la sangre de Cristo, ofrecida por él mismo antes de su muerte, de igual manera bebió Isis antes de la muerte de Osiris la sangre de éste, que le proporcionó a ella en un vaso de vino. De igual manera que en Pablo quienes participan en la cena son comensales de Cristo, de igual modo los creyentes en misterios eran compañeros de mesa de Dios. Y al igual que la cena del Señor proporciona la fusión total con Cristo, de igual manera Dioniso y Mitra entraban a formar parte de los suyos mediante la comida mística y la bebida del vino sagrado. También los participantes de las comidas cultuales de Sarapis e Isis se sentían unidos entre sí gracias a la magia sacramental, al igual que los participantes en la cena del Señor. Y así como en la eucaristía de los primeros cristianos la idea de consuelo juega un papel, ocurría también lo mismo en el disfrute en común de la cerveza sagrada de cebada en los misterios eleusiacos. Y así como la costumbre propagada por Pablo es una comida en recuerdo, empalma con la idea de la última cena de Jesús y su muerte, también las comidas cultuales recordaban y aludían a una determinada situación de la historia de Dios.

Con razón escribe el teólogo Lietzmann: “La cena de los cristianos se corresponde con la comida de sacrificio de los paganos y judíos. Así como los gentiles mediante el disfrute de sus comidas de sacrificio entraban en una comunidad misteriosa con sus dioses, de igual modo nos ocurre a nosotros con el Señor resucitado.”

Ya un padre de la Iglesia del siglo IV, Firmico Materno, atestigua la gran semejanza que se da. Él comenta el oráculo mistérico del culto de Atis: “Del timbal he comido, del címbalo he bebido y he conocido a fondo los misterios sagrados” y dice: “De mala manera confiesas tú, hombre malvado, la fechoría realizada. Has sorbido un brebaje apestante, y saboreas el cáliz que te trae la muerte impulsado por una demencia desalmada... Otra comida es la que proporciona vida y salvación, la que reconcilia al hombre con el gran Dios, otra es la comida que alivia al machacado, que llama al perdido, que levanta al caído, que a los moribundos les regala el símbolo de una inmortalidad eterna. Busca el pan de Cristo, el cáliz de Cristo... Es dulce el alimento celestial, dulce la comida divina.”

El criterio para la “verdadera” comida ve este padre de la Iglesia en las palabras del Evangelio de Juan: “Yo soy el pan de la vida...”, o en “Si no coméis la carne del hijo del hombre y no bebéis su sangre”, giros que inequívocamente suenan a paganos anteriores, por ejemplo a la conocida fórmula de Asclepio: “Si mueres, no has muerto”, o a la vieja expresión de culto de los misterios Osiris-Isis: “Tan cierto como que Osiris vive, también él vivirá, tan cierto como que Osiris no ha muerto, tampoco él morirá, del mismo modo que Osiris no se ha destruido, tampoco él será destruido.”




La cena se convierte en punto central de la misa



La cena dejó poco a poco de ser comida y pasó a celebrarse al atardecer.

El teólogo Reinhold Seeberg


En contra de la introducción de la cena sacramental mediante Pablo se rebelaron, claro está, sus pobres de Corintio, a los que en lugar de una perola llena se les ofreció de pronto una comida de mentira. Y así, dos generaciones después de Pablo, conocemos todavía en la Didaché, como cena, una verdadera comida.

Fue hacia mitades del siglo II cuando la eucaristía (el buen don o la acción de gracias), o como ahora se llama la eucaristía, la “medicina para la inmortalidad, la medicina que impide la muerte”, se separó de las comidas comunitarias del atardecer, y fue trasladada a la mañana y celebrada a continuación del servicio divino de la palabra, por lo que surgió la forma primigenia del servicio divino católico. “Todo el servicio divino adquirió carácter de misterio”, escribe el teólogo Heussi, “en especial la eucaristía.”


De cualquier forma, en la primitiva cristiandad la eucaristía se llevó a cabo de distintas maneras, no sólo con pan y vino, sino que entre los defensores del agua: norteafricanos, marcionitas, encratitas y apostólicos con pan y agua; entre los ebionitas, que pronto

serían los descendientes heréticos de la primitiva comunidad, con pan y sal; entre los montanista con pan y queso; y en círculos importantes de la Iglesia se celebraba la eucaristía con pan, agua y verduras. Por doquier resplandecía todavía el carácter primigenio de la comida.

Y en los primeros siglos del cristianismo no se dice nada de la teoría de la “transubstanciación”, transformación del ser, según la cual en la “transformación” el pan se convierte en cuerpo y el vino en sangre, por razones comprensibles sin que cambie nada aparentemente. El giro “transubstanciación” no es demostrable que lo usasen los teólogos católicos antes del siglo XII. Ni la era apostólica ni, tampoco, la época postapostólica lo conocía. Aparece por primera vez entre los “herejes”, en la eucaristía de los marcosianos valentinianos, una secta gnóstica. Entonces condenó la Iglesia a través de su teólogo más importantes, san Ireneo, la supuesta transformación del ser como un craso mal entendido, y en el cuarto Concilio lateranense, en 1215, lo declaró dogma bajo el mandato del Papa Inocencio III.

También el reformador Lutero asumió la cena de los católicos, insistió como ellos en la presencia corporal del señor y sostuvo que el mundo, por el disfrute indigno del pan y vino, sería invadido “con pestes, guerras y otras terribles plagas.”

Pero cuando llegan las guerras y los horrores las apoyan los predicadores cristianos que, con frecuencia, las han buscado o las buscan ¡a través de la –siempre tan anhelada- eucaristía! Así recuerda un antiguo capellán de campaña de Hitler en una obra con prólogo del obispo militar Kunt y del inspector general del ejército, Foertsch: “La maleta de campaña estaba prácticamente repartida. Junto a los utensilios para la celebración de la santa cena un crucifijo, dos candelabros, dos antipendien y velas. Las distintas piezas, todas ellas de metal noble y muy dignas en sus formas... La maleta de campaña era el fiel acompañante de los párrocos en todos los escenarios de la guerra moderna. Y el capellán de guerra hacía un buen servicio allí donde se anunciaba la palabra de Dios y administraba el santo alimento de Cristo.”

El teólogo protestante Ahlheim comenta: “Diecinueve siglos de historia de la cena cristiana: de comida de amor y comunitaria a comida sacerdotal de sacrificio, para, finalmente, convertirse en maleta de campaña, en sátira amarga.”

Pero no queremos pasar por alto lo milagroso del tema.




Del maravilloso “hallazgo” del “santo sacramento”



También es éste un hallazgo del infinito amor de Dios... Es, como dice santo Tomás, el mayor de los milagros realizado por Cristo.

El jesuita Alfonso Rodríguez

El estado nupcial de un alma o de una comunidad católica... en el matrimonio místico con el Dios eucarístico: eso es su primavera, su oasis y florecimiento, en él se fundamenta todo  sentimiento espiritual que sacude al cuerpo de la Iglesia y toda belleza exterior.

El teólogo Andreas Gassner


El “cenit de la experiencia de Cristo”, como se dice en el voluminoso Diccionario de teología pastoral, editado por Ferdinand Klostermann, Karl Rahner y Hansjörg Schild, la recepción sacramental se hace posible mediante la “transformación”, la recitación correcta de las “palabras de la institución”, que causa de inmediato toda una “serie de milagros”. El jesuita Alfonso Rodríguez, a quien sigo, destaca siete –¡no es ninguna tontería: siete milagros en uno!- (Yo, con toda humildad, me permito denominar a todo esto el octavo milagro).

Milagro número uno: Mediante la “consagración” el pan y vino se convierten en cuerpo y sangre de Cristo. “El mismo cuerpo de nuestro salvador, nacido del cuerpo de la doncella más santa, que pendió en la cruz, que resucitó de los muertos y que ahora reina a la derecha del padre con un esplendor sin límites.” Y como son muchas las misas que se celebran al mismo tiempo por doquier en el mundo, se hacen presentes a la vez miles, cientos de miles de veces el cuerpo y la sangre de Cristo, y naturalmente (o mejor dicho sobrenaturalmente) se trata siempre del mismo Cristo. Y el milagro se repite día tras día a lo largo de los siglos...

Milagro número dos: En los demás sacramentos la materia sigue siendo la misma, no cambia; el agua en el bautismo sigue siendo agua; el aceite en la confirmación aceite, también en la unción última (un teólogo católico la denominó una vez en mi presencia “último engrase”), en la “transubstanciación” ocurre lo contrario. La materia cambia, se convierte en carne y sangre de Cristo. Es decir –es el segundo “milagro digno de admiración”- allí ya no hay ya pan ni vino, “aun cuando eso parezca a nuestros sentidos.” Nosotros, oh milagro, seguimos viendo pan y vino, ¡que ahora en realidad – me atrevo a decir- son cuerpo y sangre del Señor! Quien ose dudar que piense en las palabras de san Ambrosio: “Quien creó de la nada la tierra y el cielo, puede hacer de una cosa otra y un ser puede transformar en otro.” Naturalmente, si admitimos que creó el cielo y la tierra. Y concluye Rodríguez de manera aguda: “¿No nos enseña la experiencia, que el pan que comemos, a través de procesos totalmente naturales, contribuye al desarrollo de nuestro cuerpo? ¿Cómo no iba a tener el Dios poderoso la fuerza para causar aquella admirable transformación?” Y además el padre jesuita puede apoyarse en las palabras del ángel a la “doncella más bienaventurada de todas”: “Para Dios nada es imposible.”

Milagro número tres: Consiste en que la maravillosa metamorfosis no es sólo una transformación natural, un cambio de forma, sino una “transubstanciación”, “un cambio de ser.” A mí me parece que este milagro número tres está ya contenido en el número uno, pero no cabe duda que el milagro uno y dos, unido al tres, esta suma y acopio de milagros hacen la cosa mucho más milagrosa.

Milagro número cuatro: Desaparece la sustancia de pan y de vino, pero, dicho en pocas palabras, siguen presentes todas las cualidades de pan y vino: forma, color, olor, sabor. “Y esto constituye un nuevo gran milagro, porque normalmente las propiedades accidentales de un ser no pueden existir por sí solas... Pero aquí siguen existiendo las formas de pan y vino en contra del ordenamiento natural, aun cuando ha dejado de existir la sustancia de pan y vino. Es decir, se mantienen mediante un milagro ininterrumpido de Dios.” A mi entender –aunque reconozco que carezco del ingenio de nuestro jesuita- también este milagro cuatro, como el tres, están ya contenidos en el dos o en el uno.

Milagro número cinco: Aquí nos sirve Rodríguez un nuevo milagro fenomenal. El pan no sólo contiene el cuerpo y el vino no sólo contiene la sangre de Cristo, “sino que en cada una de ambas formas está presente Cristo entero”, como verdadero Dios y verdadero hombre, tal y como está ahora en el cielo.” Que quiere decir que en la hostia además del cuerpo está también la sangre de Cristo, y en el vino del cáliz además de la sangre está “también su santísimo cuerpo con su alma y su divinidad, y da igual que se comulgue la hostia o el vino, siempre se come al Señor completo.

Milagro número seis: Es asimismo verdad “otro gran milagro: Cristo está presente todo entero no sólo en toda la hostia sino también en cada parte de la misma, por muy pequeña que ésta sea.”

Milagro número siete: “Si se rompen o parten las formas no se parte o divide a Cristo, sino que permanece entero y completo en cada partecita.” También este milagro me parece estar ya contenido en el anterior. Pero, como siempre recalca el padre Rodríguez, todos “estos maravillosos misterios... hay que creer con santa humildad, sin querer investigarlos con curiosidad.” Se nos podría exigir demasiado.

El sabio jesuita recalca todavía que en los demás misterios nosotros tenemos “sólo” que creer lo que no vemos, pero en este “excelso sacramento” tenemos que creer lo contrario de lo que vemos o creemos ver. Lo contrario de lo que “nos dicen los sentidos”, y concluye con gran agudeza: “Y de ahí el grandísimo mérito nuestra fe.”

Aquí no es posible ni siquiera ennumerar los beneficios que todo esto conlleva, se abarrotarían bibliotecas enteras con los infolios escritos sobre los problemas y aporías surgidos de estos milagros. Pero cuando menos traigamos a colación una cuestión, que en lo hasta ahora publicado –puede radicar en mi desconocimiento- no he encontrado que se haya tratado, por muy importante y cercana que parezca, y es:




¿Pueden los vegetarianos recibir la santa comunión?


Lo siento, pero no es posible... exponer las razones por qué los fegetarianos (sic) pueden comulgar.

El canónigo Max Hofer


Algunos monjes de Gascogne tuvieron por santo a un ratón, que devoró una hostia –por lo menos así informa Lichtenberg-. ¿Pero los vegetarianos convencidos y honrados que comen la carne y sangre de Cristo, en qué medida consideran sagrada esta teoría?

Este dilema, quizá no tratado todavía con seriedad en los estudios y trabajos competentes de teología moral y pastoral, convulsionó fuertemente a un suizo de nuestros días. En la fiesta de Navidad (el 26 de diciembre) de 1982 dirigió este suizo la siguiente carta al pastor supremo de la diócesis de Basilea: “Querido y venerable señor Obispo Wüst, perdóneme si me dirijo por escrito directamente a usted, pero creo que es lo mejor porque hasta ahora no he obtenido de los demás una respuesta adecuada. Mi problema es el siguiente: Soy vegetariano desde hace medio año, un vegetariano consecuente, y no como carne. Como católico solía comulgar regularmente hasta que alguien me advirtió que la santa comunión es en realidad la carne y sangre de Cristo. Es algo que el sacerdote remarca expresamente en cada servicio divino. Quisiera preguntarle qué pasa. ¿Cómo vegetariano debo renunciar a la carne y sangre de Cristo o se puede entender la sagrada comunión también de otra manera, como que es pan? Me gustaría obtener de usted una respuesta a la mayor brevedad. Le saludo con sumo respeto. Fredi Kummer.”

Se tardó en responder al escrito. Del intercambio de cartas sólo permite extraer la conclusión de que en el palacio obispal de Solothurn no concedieron peso teológico al sorprendente remordimiento. Pero también pudo que hubiera ocurrido lo contrario: quizá causó un especial dolor de cabeza porque los señores eclesiásticos no habían sido capaces de prever el tema en la literatura impartida. En cualquier caso, la sede episcopal del la diócesis de Basilea, sita en 4500-Solothurn, necesitó de una reiterada exigencia por parte de nuestro escrupuloso demandante para dar una primera respuesta. Fue el 21 de marzo de 1983: “Muy respetado señor Kummer, el obispo Otto Wüst me ha encomendado responder a su escrito del 7 de marzo de 1983. En el escrito, redactado por el obispo Otto Wüst para la cuaresma de 1977, en el capítulo “La presencia de Jesús” encuentra usted las afirmaciones de nuestro credo sobre el gran misterio de la transformación del pan en el cuerpo y del vino en la sangre de Jesús. Yo le ofrezco,  para lo que todavía queda de cuaresma y de celebración del sufrimiento, muerte y resurrección de nuestro Señor mis mejores bendiciones. Max Hofer, secretario episcopal.”

Fredi Kummer dio las gracias en junio, “pero dicho honradamente, sigue para mí no estando claro si, como vegetariano, puedo o no comer la carne y sangre de Jesús en la santa comunión. Como recibí el opúsculo unos días antes de Pascua, por si acaso, este año no he comulgado por Pascua. Me he decidido a leer en Pentecostés de nuevo el folleto de siete páginas, con la esperanza de aclararme. Y mientras tanto ha pasado ya un mes y sigo sin saber nada. De ahí que quisiera rogarle de nuevo me dijera cómo está el tema. Como convencido vegetariano ¿debo renunciar a la carne y sangre de Jesús o puedo entender la sagrada comunión también de un modo meramente simbólico, como que todo en realidad sigue siendo sólo pan y agua?

El canónigo Max Hofer, a quien está claro que le superaba la cuestión, discute el tema – tal y como le comunica el 23 de junio a Kummer- “con el director del servicio de pastoral, el vicario episcopal Anton Hopp... Ambos somos de la opinión que usted, como vegetariano, puede recibir la sagrada comunión.”

Pero a Fredi Kummer, satisfecho con la respuesta en un principio, pronto le asaltan las dudas. “Consecuentemente”, comunica el 28 de agosto a Solothurn, “este verano he comido la carne y sangre de Jesús, hasta que surgieron de nuevo en mí dudas. Y me he comportado así porque usted me dio permiso pero no la fundamentación de por qué siendo vegetariano puedo comer la carne y sangre de Cristo. De modo que me he decidido prescindir de la sagrada comunión hasta no recibir de usted una aclaración más comprensible y clara. Por tanto le ruego que, en cuanto le sea posible, me dé razones de su licencia.”

El secretario episcopal replicó el 7 de septiembre, diciendo entre otras cosas: “Lo siento, pero no es posible en el intercambio de cartas exponerle a usted detalladamente las razones de por qué un fegetariano (sic) puede comulgar. Le aconsejo que hable de esto con un sacerdote. Será útil que le haga referencia al mismo de nuestra correspondencia.”

El señor Kummer se siente ahora “decepcionado”. Y en carta del 23 de septiembre dice que es la octava carta y “todavía no sé por qué un convencido vegetariano puede comer la carne y sangre de Cristo sin contravenir sus principios vegetarianos. No comprendo por qué usted no puede exponerme las razones en el marco de un intercambio de cartas. Mi pregunta es muy sencilla: El sacerdote dice en la santa misa que él, en nombre de Cristo, transforma el pan y vino normal en el cuerpo y la sangre de Jesucristo. ¿Es este pan y vino transformado verdadera carne y sangre o cómo hay que entender? Me he decidido, a partir de hoy, iniciar una huelga católica de hambre y no recibir más la sagrada comunión hasta que usted no me dé una clara respuesta a la cuestión arriba mencionada.”

El señor Hofer sólo puede lamentar y no “poder hacer otra cosa” que enviar de nuevo a su compañero de correspondencia, cuatro días más tarde, “las explicaciones del obispo doctor Otto Wüst, el folleto de la “La presencia de Jesús.” En él encuentra usted una respuesta clara a su cuestión, por ejemplo en la frase: Que este pan es verdaderamente el cuerpo del Señor y este vino es verdaderamente su sangre, es un misterio regalado, incapaz de ser comprendido con nuestro talento, algo que sólo podemos admitir por fe...”

Para no prescindir de algo necesario para la salvación, quizá también para librarse de este pesado suizo, el canónigo Hofer confía el tema a un tercer colega. Envía copias del intercambio de cartas al representante del obispo en Basel, al decano de la región y canónigo Andreas Cavelti, recomendándole a Kummer que en adelante, si quiere más información sobre su problema, se dirija a éste.”

Pero Kummer, a quien se le ha ido dando largas, hace ahora algo distinto.

El 16 de diciembre de 1983, un año después de la primera carta al obispo Wüst, pide “ayuda al químico del Cantón de Basilea... en un conflicto grave, porque soy un convencido vegetariano y católico.” Describe el problema, el contacto por carta con la sede episcopal, “después de haber escrito nueve cartas no sé todavía dónde estoy. ¿... como convencido vegetariano que soy quiero saber si he comido carne o pan?” Ni el propio obispo, el doctor Otto Wüst, le ha dado una salida, el mismo Fredi Kummer está en la misma situación que al inicio y “le ruega que le ayude dando respuesta a la siguiente pregunta: ¿Quizá usted ha investigado, o sabe por investigaciones dar una respuesta competente, sobre si en el cambio sagrado se transforma el pan y vino en carne y sangre? ¿Se puede ofrecer para comer algo a alguien sin estar informado sobre el contenido? ¿Se permiten misterios? ¿Cómo está el control de alimentos?

Y por fin Kummer recibe, en lugar de informaciones oficiales poco esclarecedoras, una respuesta relativamente clara. El 23 de mayo de 1984 informa el creyente escéptico al ilustre señor obispo que todo ha ido a mejor, “gracias al químico cantonal de Basilea. Me escribió que en su opinión no se puede comparar vegetarianismo y comunión. Hay dos niveles distintos: vegetarianismo = convencimiento, modo de ver la ingestión de alimento; comunión = creencia, visión de problemas religioso-espirituales. En la sagrada comunión no se contempla una igualdad, una equiparación substancial en el sentido vulgar y material. No se trata de transformaciones materiales toscas, sino de efectos espirituales sensibles. El químico del Cantón piensa que yo, por tanto, puedo recibir la sagrada comunión.

Sobre la otra pregunta de si la sagrada comunión se somete al control de alimentos, piensa que no se da un control oficial. El estado debe contemplar sólo el bienestar corporal de los ciudadanos. Para el bienestar espiritual existe libertad de conciencia y de credo, de modo que usted, como representante de la Iglesia, no tiene que temer ningún control estatal. Por tanto ya ve usted, señor obispo, que el químico cantonal ha dado respuesta a las cuestiones sobre vegetarianismo y sobre el control por parte del estado de la carne en la sagrada comunión. Él, con su razonamiento claro, ha puesto luz en las negras dudas e inseguridades y, con ello, ha realizado también un trabajo pastoral.”

Kummer, en agradecimiento, sugiere al dirigente eclesial conceder al químico cantonal de Basel la medalla oficial en recuerdo por la visita del Papa, y en carta posterior pregunta por cuál se han decidido: ”¿por la de oro o por la de plata?”, y de nuevo se le defrauda. La concesión de una medalla episcopal, lamenta el canónigo Hofer, no es posible por “las consecuencias que acarrea.” Y se manifiesta de nuevo en mayo: “El señor obispo y yo nos alegramos de que el químico cantonal de Basel hubiera podido responder a sus preguntas.” En realidad un atestado de indigencia penoso. “Con satisfacción he constatado que el señor químico cantonal y yo llegamos a la misma conclusión: Que usted, como vegetariano, puede recibir la sagrada comunión.” Pero Kummer censura esta satisfacción, “porque había una gran diferencia entre usted y el químico cantonal: él razona su manera de ver las cosas y usted me comunica una decisión sin fundamentación alguna.”

El secretario episcopal transmitió de todas formas su agradecimiento al químico cantonal, pero vio en la publicación de la correspondencia completa en el Wochenzeitung de Zurich (16 de noviembre de 1984), y en el Tageszeitung de Berlín (24 de noviembre de 1984) -como él, contento por la información, me dijo por teléfono el 22 de diciembre de 1986- “de haber ridiculizado todo el asunto.” El periódico, opinaba él, únicamente trata de rellenar sus páginas, opina que se ha mantenido una “larga” correspondencia sin que de verdad existiera Fredi Kummer. Pero el canónigo se engañaba (o me engañaba) porque yo ese mismo día hablé con Fredi Kummer, que vive en Basel, sólo que bajo otro nombre. De niño, me dijo, que se le pegó la hostia en el paladar y sintió “verdadera angustia de morder al Señor.” Fredi Kummer, por entonces muy creyente, tras su demanda a Solothurn abandonó la Iglesia, el intercambio de cartas fue “una empresa arriesgada.” Me confirmó la autenticidad de todos los textos, por cierto el mismo día que me confirmó el Wochenzeitung de Zurich, y no en último lugar sino el primero me lo confirmó también el canónigo Max Hofer, de modo que cada uno puede sacar sus consecuencias.

Sin embargo la cuestión sigue siendo, ¿por qué la correspondencia, tomada tan en serio por el episcopado de la diócesis de Basilea, tras la publicación “pone el tema en ridículo” si no lo era ya antes?

Sin duda que, por mi documentación, se me imputará de nuevo falta de seriedad, pero la falta de seriedad hay que buscarla en otra parte: a la luz de la razón –¡y en la noche de la historia de los dogmas!- Fredi Kummer trata “todo el asunto” con bastante más mesura que la teología huera e increíble, con apariencias de ciencia, que busca disimular su incompetencia en la materia, al menos hacia fuera, aferrándose a la metodología formal de la división y subdivisión, aparentando o creyendo aparentar cierta solidez ante sí mismo o ante los idiotas con letras, números y subdivisiones: A, B, C...I, II, III... 1, 2, 3... a, b, c...

A modo de ejemplo –pálido reflejo de lo que existe- pueden servir aquí algunos desahogos de los expertos.




La “materia” de la eucaristía oa esto se denomina religión



También yo digo, más útil que todas las Biblias son de momento nuestras cartillas escolares.
Pues sólo un loco dobla hoy su cerviz ante dioses, hechos de harina de trigo.

Arno Holz

Cuando Arno Holz versificaba así, cuando fustigaba “la inundación de este mundo /  con aguardiente, cristianismo y jabón”, cuando escribía: “El mayor embuste de esta historia del mundo, ¡el mayor engaño es el cristianismo!”, cuando confesaba: “¡Yo desde la religión estoy contra la religión!”, la Teología moral de Franz Adam Göpfert iba engordando edición tras edición, y detalle (religioso) tras detalle:

A.- Materia de la eucaristía.

I.- La materia remota es el pan de trigo y el vino de la cepa (panis triticeus et vinum de vite).

1.- Para la consagración válida se requiere pan de trigo. El pan de trigo hay que prepararlo con harina de trigo, mezclada con agua, cocida al fuego, es decir, debe ser pan de trigo en el verdadero sentido.

Materia no válida es: a) el pan de lentejas, de avena, de mijo, de cebada, de trigo sarraceno y de maíz, b) pan de trigo totalmente echado a perder, masa de trigo cruda o no cocida como pan, sino masa cocida con aceite o mantequilla (de ahí que en el laminado de hostias no se extienda aceite o mantequilla), así como tampoco un pastel en el que se mezcle la harina de trigo con miel, huevos, mantequilla, aceite o azúcar,  no es válida en la medida que a la harina de trigo se le añada la misma o mayor cantidad de otros materiales. Materia dudosa es el pan de centeno o de escanda  común. Hay quienes consideran el pan de escanda materia válida porque la escanda pertenece a la misma especie que el trigo. Hay que observar aquí lo que se utiliza como trigo en determinadas zonas... Pan de harina con agua de rosas u otro líquido destilado se considera también materia dudosa. Materia no autorizada, aunque válida, es el pan que ha comenzado a echarse a perder. Una materia dudosa nunca debe ser  consagrada porque subyace el peligro de idolatría; sólo se podría usar para llevar a cabo, opina Lehmkuhl, un sacrificio iniciado, en el caso de que no existiera una materia más segura; y una vez consagrada no puede ser tratada indignamente, sino  que hay que consumirla antes de la purificación.


Ahorrémonos lo que el experto escribe sobre la exigencia para la consagración autorizada bajo los apartados 2., a), b) y c). Considera “no válida” la consagración de las hostias:

Que se hallan detrás de una pared, cuando menos es dudosa la consagración cuando se encuentran encerradas con llave en el tabernáculo. Es inválida la consagración de partecitas tan pequeñas que no se pueden percibir por medio de los sentidos si no se encuentran contenidas en un todo mayor. En cambio es válida la consagración de las hostias, que el sacerdote, porque es ciego o no ve en la oscuridad, bien sea por el tacto o porque alguien le dice sabe que están presentes. También es válida la consagración de hostias, escondidas en un gran montón o contenidas en el copón cerrado, lo mismo hay que decir de la consagración con el cáliz tapado. Yo al menos considero dudosa la consagración de hostias, que por casualidad y antes de la consagración, se extravían entre las hojas del misal, bajo los corporales o bajo un paño, aun cuando ellas

mediante la intención y el ofertorio fueran incluidas entre las que había que consagrar. Y es que echando mano de una interpretación razonable la intención del sacerdote llega sólo hasta consagrar lo que tiene delante en los copones destinados para ello o sobre los corporales. No estarían consagradas si él, en la consagración, sólo tuviera la intención de consagrar las partículas que se encontrasen sobre el corporal, una intención que se recomienda cuando las partículas que hay que consagrar se hallan sólo sobre el corporal, y es que es muy fácil que una u otra por pura casualidad pueda extraviarse del corporal. Otro es el caso...

Dejémosle que no nos cuente más casuística, dejemos también de lado lo que enseña el en otros tiempos profesor de teología moral y pastoral de Wizburgo, de homilética y ciencias sociales cristianas sobre la “materia del cáliz” y el “vino de la cepa”. Acontece con la misma extremada precisión, que caracterizan sus indicaciones sobre el Dios cocido con harina de trigo. ¿Y cómo soluciona? ¿Qué ocurre si el sacerdote quisiera consagrar 20 partículas y en el copón hay 21; si tenía intención de consagrar 25 y sólo hay 20; si tiene dos o tres hostias en la mano creyendo tan sólo tener una...? (casos posibles de la praxis, ¡de la praxis de una religión!) Él incluye todos estos casos y otros muchos más, los examina, los juzga (analiza todo y retiene lo mejor), así por ejemplo examina también en la “materia del cáliz” la “cuestión debatida... de si las gotas individuales, separadas de la masa de vino, que se encuentran en el cáliz, están consagradas. Los unos consideran consagradas, los otros no, otros sostienen que las gotas que están cerca sí y las alejadas no. En la práctica “se recomienda que siempre se tenga la intención de excluirlas de la consagración y únicamente consagrar lo que constituye la masa principal. Sólo si hay que binar, para la primera misa es preferible la intención de consagrar las gotas separadas, porque sino con el disfrute de las gotas no consagradas se puede romper con la sangre sagrada el ayuno; pero no hay que angustiarse, la Iglesia urge su mandato para que se realice de un modo humano. Las gotas que penden de la parte externa del cáliz ciertamente no han sido consagradas”.

Y el corifeo de Wizburgo no olvida: Que el vino debe ser no sólo “materia valida” sino a poder ser también “digna”, “es decir, no hay que emplear el peor vino como vino de mesa”

No en balde goza el vino de mesa de un buen nombre. Y no es casualidad que también a los teólogos les guste insistir en este punto, a ellos les gusta referirse sólo al vino de proveedores jurados, de vida cristiana, con conciencia, ilustrados y conocedores de las normas fundamentales que rigen, de quienes salen garantes de la autenticidad y veracidad, ésta es una condición para la dignidad del sacramento. Otto Schöllig escribe en su Administración de los santos sacramentos sobre “los tesoros sacramentales”, que él quiere ver valorados respecto “a las necesidades del presente y puestos al servicio de la santificación del hombre en una vida íntima con la Iglesia”.

Como mejor se conserva el vino es en botella. Pero el embotellamiento se debe llevar a cabo cuando el vino está apto para embotellar. La cuba, después del transporte, debe reposar por lo menos de ocho a diez días, para que así se dé el reposo. Las botellas hay que cocerlas en agua limpia y enjuagarlas en agua fría, tras el envase cerrarlas con corcho nuevo y luego guardarlas tumbadas hasta su utilización: tumbadas para que el

corcho permanezca siempre húmedo y no pase el aire; de lo contrario, cuando aumenta el calor, se desarrolla el hongo de ácido acético, que se encuentra en pequeñas proporciones en todo vino, en mayores proporciones en el tinto, y convierte al vino en vinagre. Si avanza el proceso de descomposición el vino se convierte en no autorizado, para terminar convirtiéndose en materia no válida. También la entrada de aire favorece la formación de moho, porque el hongo del moho necesita mucho oxígeno y medra en vinos con poco alcohol. La formación de moho no invalida al principio el vino pero mediante la descomposición del alcohol en agua y en ácido carbónico y la destrucción de otros ácidos convierte al vino en insípido, turbio, y en estado avanzado de descomposición se convierte en vinum putridum, del que el misal dice que no se puede consagrar. En verano se forma moho en el vino cuando, en pequeña cantidad, se guarda en botella en la sacristía. Se debería subir de la bodega cada día la cantidad necesaria, ya que el mero nadar de las partículas de moho por el vino no lo invalida pero sí lo hace indecente, poco apetitoso, y con el aumento de partículas mohosas en no autorizado... Se deben evitar “falsificaciones de vino” en la sacristía mediante una seria información del sacristán y de los monaguillos y mediante la atenta vigilancia del párroco.


En la Iglesia protestante, sea dicho de paso, existe al menos desde 1979 también la cena sin alcohol, la cena con mosto, para “posibilitar a los hermanos y hermanas “alcohólicos” la participación en la cena sin peligro para la salud.” ¡Resulta algo extraño que precisamente la “medicina de la inmortalidad” dañe a la salud! Fueron reflexiones de años las que precedieron a la cena con mosto, “sobre cuál podía ser la mejor manera de ordenar la participación de miembros alcohólicos de la comunidad. Hasta que el obispo bávaro Hanselmann encontró que también el mosto es excrecencia de la vid y que el proceso de la fermentación no puede convertirse en status confessionis, en cuestión de fe determinante. Y esto, según Hanselmann, no responde ni a la intención de Jesucristo ni traiciona la confesión luterana. Siempre ha habido normas especiales, y la particularidad de la cena no está en el tanto por ciento de alcohol del cáliz sino en la “participación de los creyentes en la comunidad del cuerpo y la sangre del Señor.”

Claro está, en nuestra opinión, que no pinta mucho, da exactamente igual si uno toma vino, mosto o agua, y tampoco hay duda que la “materia del cáliz”, el “vino de la cepa”, embelesaba sobre manera a muchos seguidores de Jesús. Un colega, mayor que  Göpfert, Andreas Gassner, tesorero honorífico de su Santidad, canónigo capitular de la fundación Mattsee, profesor de pastoral en la facultad de teología de Salzburgo y redactor de la Salzburger Kirchenblattes (Hoja de la Iglesia de Salzburgo), como –por humildad cristiana- se dice en la portada, doctor Gassner, un conocedor de la materia, exclama en su título “Renovación de la especie eucarística” apelando a Dios y en directa referencia a él: “¡... ah, Dios mío! ¡A menudo qué vino! ¡Se parece al que dieron de beber al Señor en la cruz, del que se dice: Et noluit bibere. Él bebió todo el cáliz del sufrimiento con todas sus amarguras hasta la última gota y bebió con alegría. Pero al beber una mezcla de vino así, se rebeló su naturaleza divina y humana –et noluit bibere.
¿Qué pasaría si un brebaje así estuviera medio año en el tabernáculo?, estremece sólo el pensar.”

Ciertamente estremece pensar en otro sacramento y en las consecuencias intoxicantes, que ha tenido y tiene para tanta gente.






Arquitectura de la Lágrima



Una lágrima es un perfecto mundo
que se inicia entre pendones, cascabeles,
engranajes de sal 
y risas contenidas.

Una lágrima es un perfecto mundo
que acaba con un cansancio yerto 
y una tropilla de caballos
arrojándose a un  salado abismo.

Una lágrima es un lenguaje arcano.
 De saber traducirlo
podría unir el cielo con la tierra,
mientras tu descalcez
fatiga alfombras y pendones
esta tarde de mayo. 

Una lágrima arrojaría palomas 
sobre la tristeza del rellano;
cuando tus pies desnudos pisaran la grama de las once
te haría estallar y te convertiría
 en esa lágrima azul y trasparente
que llamarían a llover sobre mi sexo
 transformado en esfera,
rodando entre las garras 
del gato del vecino;
 menesteroso sexo
que en los crepúsculos buscará portales
y platos de tristeza
y volverá a tus senos
cuando el día retire sus venados
y los arrope en la retícula del cielo.


Cálida,

 trasparente,

tu desnudez es una enorme lágrima
que se consume con el caos de mi sol.

GOCHO VERSOLARI


martes, 2 de enero de 2018

Variación sobre la Muerte









La muerte no es otra cosa que un racimo de senderos
a los que recorren sombras
parecidas a lo que fuimos.
En algún lugar brilla la luz
y la buscamos sin saberlo,
mientras un cielo desesperado
se abalanza sobre una tarde huérfana.

La muerte
no es otra cosa que este caminar
que repetimos desde milenios
a pesar del dolor 
insistente,
reiterado
y de los ojos que planean
sobre mundos desiertos.

En alguna parte el viento agita la hierba
y los pájaros buscan alimento entre las rocas.
En alguna parte hay alegrías y tristezas
que vuelan por sí mismas. Nosotros
en nuestro caminar mortuorio
buscamos encajarnos en ellas:
moldes azules, cálidos
mientras las aves de la noche se abalanzan lentas
sobre la milenaria danza de los huesos
sobre las pieles que se extienden como sábanas
hasta cubrir,
- mortaja viva -
 los ojos de la luna.

GOCHO VERSOLARI

lunes, 1 de enero de 2018

Tu Afición al Nudismo





"La vida es tan fugaz tan ilusoria,
como la estela que deja una luciérnaga
en la noche de junio"

dijiste con la mirada perdida
en los montes lejanos. Me explicaste
que el pesado dolor de la existencia
es apenas una pizca de polvo
de las alas de una de las mariposas azules
que vuelan alrededor de nuestra casa.


Mencionaste tu afición al nudismo
y para demostrar tus palabras
te quitaste la ropa
y diste tres vueltas alrededor de la colina.


Llegaste aterida,
helada
con tu piel 
suave clamando por el fuego.
Te cubrí con una manta
te abracé junto a la hoguera
y volviste a hablarme de la brevedad de la vida,
más exactamente
de su fragilidad
"como un cristal enronquecido por milenios
como un pájaro que por un momento
tiene el recuerdo del recuerdo
de su canto real..."


Dormida entre mis brazos,
entraste en calor
y los silencios se colaron por tu garganta,
inflaron tus pezones
y se desgarraron al llegar a tu sexo.


Esa noche no tuvo amanecer.

No se extinguió el fuego.


Han pasado milenios
y aún siento el peso tibio de tu cuerpo desnudo
dormido contra mi cuarta costilla.


Arriba las estrellas
se han convertido en pájaros primero,
más tarde en elixir de sueños


y finalmente


en canto.

GOCHO VERSOLARI