lunes, 20 de septiembre de 2010

Ayúdame a disolverme






Ayúdame a disolverme.
Átame en cruz sobre un roble
mientras los sicomoros de la tarde
tienden barreras de viento y pan

Ayúdame a disolverme.
Espera que con el rocío del crepúsculo
mi carne se vuelva azúcar y silencio
y arranca sus mechones.
Te veré devorarlos
cuando la luna asome
y apronte jardines en el aire.

Ayúdame a disolverme
a preparar la muerte en tu mirada,
la muerte que se mezcla con la noche
y levanta pendones y medallas

Ayúdame a disolverme
Mis ojos brotados te verán devorarme
y cuando llegue el alba
te ocuparás del azúcar de mis huesos.
En la media mañana
cuando asomen los niños y los viejos
busquen el calor en los portales,
verán las cuatro argollas, las que sostuvieran
mis manos y mis pies
En tus senos llevarás mi mirada.
Mis oídos
se abrirán en tu garganta y mis noches
treparán por tus piernas
Arrojarás mis penachos al sendero
donde cascos de asnos y caballos
modelarán los fantasmas de los días

Ahora,
con mi carne tensa bajo la luna nueva,
te repito:
Ayúdame a disolverme,
a trepar los hollines invisibles
mientras la nada muerde mis nalgas
con dientes de silencio.

Luego la muerte recorrerá jardines
y llegará por enmohecidos huertos
para llevar la ausencia de mi cuerpo
sostenido roble a roble
por los azules clavos del recuerdo.


Gocho Versolari

viernes, 10 de septiembre de 2010

Acuéstala sobre los lirios





,,,-almas del hueco de la noche-
en ese espacio
en donde asaltan los recuerdos y las dudas
en donde arremeten
con sus puñales o sus lirios

Maria Eugenia Caseiro 7/29/04




Mátala suavemente
y acuéstala sobre los lirios.
El puñal sangrante
y sus ojos abiertos. Afuera
truenan las lechuzas y los patos
vuelan a la estratósfera. El mendigo
entre sus barbas verdes
cargará con la culpa.

Mátala suavemente
y acuéstala sobre los lirios
que esperaran milenios
el cuerpo inerte:
la yugular cortada
y la carne intacta.

Después recorrerás los albañales
convertido en rata azul,
en un rinoceronte enano,
en un grito ronco y pendular
que se pierde y se pierde
en la carne de las tempestades.

Mátala suavemente
y acuéstala sobre los lirios. En la mañana
pájaros inmóviles
dejarán un poema en tus oídos.


Gocho Versolari

miércoles, 1 de septiembre de 2010

MARIPOSAS



















Te hice el amor junto al río
y mis nalgas se llenaron de mariposas
que empujaron con furia,
con un júbilo infante
acompañando mis esfínteres,
acompañando al río que bramaba. Después
caminamos tomados de las manos,
desnudos,
con nuestros cuerpos llenos de mariposas
en dirección a la tarde recién nacida
y a la verde mariposa de luz
de los crepúsculos.

Gocho Versolari

Los Pies Pensativos del Cadáver





(De: “La muchacha y la muerte”)
"Su pie está pensativo como la cadena de un esclavo"
Georges Schehadé



Descalza. Muerta. Un espectro
admira la forma de tus pies:
pequeños animales blancos
abiertos a la noche. El fantasma
pasa su dedo tenue por tu planta,
recorre tu arco transversal,
besa tu almohadilla
y cada uno de tus dedos,
mojándolos
con el hectoplasma de su lejanía.

Tus pies forman meandros,
silencios apretados.
Ya no son instrumentos de la marcha.
Tu muerte los convierte
en aves pensativas. La cadena
que luce tu tobillo,
te ata a la noche y a la sombra.

Insectos,
plantas trepadoras,
flores de la noche,
macilentos fantasmas
son los brazos eternos de tu amante
que te rodean,
que te enarbolan sin moverte:
bandera de la muerte. Marchas descalza
por los túneles iniciales de la sombra.
Pájaros horizontales
tallan en tus tobillos
arcanos y silencios. La muerte
ha convertido tus pies en un lenguaje.

La reina de las cucarachas
los recorre del talón a los dedos.
Se detiene en tus uñas;
olfatea la brisa de la noche,
teñida de tu olor a muerte
y baja por tu empeine
y recorre tu pierna
para perderse
en las profundidades de la tierra.

Majestuosos tus pies,
recorren el sueño de la muerte,
los senderos ignotos y las celebraciones.
Traspasan los arcos de triunfo
y se detienen
en la atalaya inmóvil de la sombra,
recordando a la brisa y a la luna
sus arcanos,
sus bellezas,
sus infantiles símbolos.
De ellos van y vienen los insectos,
bebiendo las luces que destilan
un minuto antes del rigor,
del imperio sin nombre del gusano;
en suma:
de tu segunda muerte.


Gocho Versolari

Estudio (2)






El caballo
lento
de las horas
se niega a andar
a recorrer
alzado
los trayectos sin nombre de la luna.
Ahora
pasta
desnudo y quieto en el camino
Un cormorán,
un cura,
un alacrán,
una brisa,
una mirada tuya lo despedaza,
lo revuelca,
lo atraviesa,
lo devora,
lo aniquila
y dulcemente lo empuja hacia la noche
con los aprontes de la madrugada
y un violín que cuelga del lucero


Gocho Versolari

Las tardes y las noches de Belisario Ruano (1993)

















Sólo podemos hablar
de las tardes,
de las noches
de Belisario Ruano
ya que sus mañanas,
entre las seis y las catorce
lo vomitaban
sistemáticamente
y lo dejaban flotar en el aire
de junio,
de noviembre
como destellos apenas luminosos,
como gusanos invisibles.
Sólo podemos hablar
de las tardes en las que Belisario
nacía puntualmente a las catorce
y repetía
y repetía
los mismos gestos,
las mismas situaciones
junto a las azules
ventanas de su cuarto
que daban a terrosas veredas
repletas de muchachas:
única señal de la existencia
de las mañanas y los mediodías;
Belisario
las escuchaba fascinado
hablar de despertares,
hablar de desayunos
de almuerzos y de siestas,
mientras se retocaban las pinturas de los ojos
y se ajustaban las peinetas.
Y Belisario, tímido,
enredaba a lo largo de su cuerpo
el extenso cordón umbilical
que lo cubría hasta los muslos
y salía lentamente de su cuarto,
con el torso desnudo,
descalzo,
sea cual fuere la estación del año.
Entonces lo rodeaban las muchachas
y lo miraban en silencio,
siendo conscientes de que se encontraban
frente a un hombre
para quien no existían las mañanas;
frente a un hombre
que cada tarde
debía asumir la tarea de iniciar la vida.
Las dos muchachas más hermosas
lo tomaban
una de cada brazo: el vello húmedo,
tibio y pegajoso
por el líquido amniótico
y aunque caminaran lentamente
hacia el lejano muelle,
las tardes,
rodaban vertiginosas por el cielo; en el otoño
las llevaban las ruedas de las nubes;
en el verano
explotaban en luces
y armaban las centellas
un azulado campo de batalla
donde guerreros bravos morían apurados
antes de la hora de la cena.
Con las primeras sombras las muchachas
debían regresar a sus hogares
y Belisario Ruano
paseaba entonces solitario,
siempre enfundado
en su cordón umbilical vibrante
y lo cubría la noche
eterno embudo negro.
La soledad
llegaba desde abajo
desde las ranuras
que cubrían las bocas de tormenta.
La soledad
llegaba desde abajo
hundiéndose en su próstata
como una nube de cristales agudos,
puntiagudos
y desataban de pronto los riñones
los apocalipsis de su sangre negra.
Eran las noches de Belisario Ruano
como perros enormes
con dientes afilados
masticando su cordón umbilical,
dejándolo desnudo
junto a los viejos barcos oxidados.
Algunas veces
caminó por calles solitarias,
hasta los barrios lujosos y apartados
donde vivían las muchachas de las tardes.
Ellas podían diariamente
verter sobre sus pechos
pequeños,
infantiles,
el jugo azul de las mañanas
y la eclosión de rotundos mediodías.
Y Belisario Ruano
violaba viejas puertas
y entraba en jardines florecidos
y trepaba a las hiedras
y miraba dormir a las muchachas
de bellezas inmóviles.
En verano
entraba en silencio a las piezas enormes
y pasaba minutos
con la mirada fija
en peces tornasoles
en aceitosos lenguados claroscuros
que amenazaban saltar
de sus escotes.
Después
Belisario descendía por las hiedras
caminaba hacia barrios suburbanos
y jugaba a la rayuela en sus veredas.
Hacia las cuatro
con los primeros resplandores de la aurora
cantaba la versión completa
de "Tosca" de Puccini
y a pesar de la dulzura de su canto
recibía pedradas
y gritos de vecinos
y algunas latas con tomates
de cosechas de pasados años.
Ya cerca de las seis volvía a la costa.
Casi siempre
un trozo de cordón umbilical
colgaba de su coxis
como resabios de una cola.
Detenido en el muelle
miraba el horizonte
y reía inexplicablemente a carcajadas
mientras el sol
montaba cuidadosamente
sus rojas rampas sobre el cuadrante este.
Belisario reía
mientras los fogonazos de la primera aurora
recortaban su vientre.
Belisario reía. Sus gritos recorrían
los campos cuadrados del espacio.
Casi sobre las seis
giraba lentamente hacia el naciente
abría los brazos
y a las seis menos cinco
los rayos iniciales
lo tomaban como dedos
invisibles y fuertes
y lo depositaban suavemente
en la lengua rojiza
de la mañana apoltronada
que lentamente lo iba vomitando
y las hilachas de Belisario Ruano
cubrían y empedraban
los claroscuros del primer crepúsculo.
Sólo conocimos
las tardes y las noches
de Belisario Ruano
ya que entre las seis y las catorce
lo vomitaban las mañanas
y el sol lo derretía
y arrojaba sus plumas una a una
y entonces Belisario
Moría la muerte de los pájaros.


Gocho Versolari

El Tiempo















El tiempo
con sus armas de sal,
talla
grita
corre
nuestras cabezas polvorientas
embotadas y hundidas
en corazones de perros y caminos.

El tiempo,
emperador de los silencios
y de las esperanzas,
muerde los flancos de los peregrinos
que se atragantan de viajes
mientras los hipopótamos de la tarde
retiran de los cielos
la luz en capas,
adelgazan el sol
y lo hunden al otro lado del mundo.

Llueve.
Furiosamente
las gotas
perforan tus sueños
y te llevo conmigo
muchacha descalza
de esperanzas y pájaros.
El tiempo
se encargará de corroer las piedras
y de abrir las bocas de los sapos
y de los moribundos
que cantan en los jardines agobiados
de un mundo
donde se disuelven los países
y las golondrinas mueren ritualmente
cuando la primavera acaba.

Ahora
duelen las piernas de la noche
al caminar mi pecho y mi silencio.

Gocho Versolari